¿TE ANIMÁS A COMENTAR?

Hola, te doy la bienvenida a mi blog. No soy una experta en esto, sólo me divierte hacerlo y creo que es un buen motivo para intentarlo. Me encanta hacer cosas y equivocarme. Me parece valiente arriesgarse, atreverse, tirarse al abismo, aunque te rompas el alma en la caída. Si pensás como yo, te invito a que leas y compartas mis palabras, mis ideas, mis locuras, y me digas qué te parecen; si tu intención viene con buena onda, cualquier cosa que digas me va a hacer bien, si no, te invito a que sigas buscando blogs por la web, seguramente habrá alguno con el que te sientas más identificado. No pretendo que te guste todo lo que aquí vas a ver, pero si vas a ofender con comentarios "mala leche", lo siento, jamás me voy a sentir tocada.
Saluditos...
Caro

viernes, 31 de octubre de 2008

MIS CUENTOS

BUSCANDO EXCUSAS

No dormíamos. Sólo nos habíamos acostado un rato para descansar. La noche anterior había sido muy dura. Cosas del trabajo. Toda nuestra vida era un constante andar. No parábamos nunca. Que los chicos, que los viejos, que el trabajo, que los gastos, que nosotros…
Nunca un momento de paz. La vida está dura, repetían los medios sin cesar; los desocupados, los infelices, las prostitutas. En las villas, los pobres lidiando con la droga, y en los countries, los maridos engañados… Y todo así.
No éramos una familia pudiente. Apenas unos laburantes que trataban de darle lo mejor a sus hijos; los chicos, apenas si llegaban a fin de año con todas las materias aprobadas, que no es poco. Uno siempre tiene la ilusión de ver a sus hijos cargando la bandera…
Nuestros viejos, como nosotros. Con la diferencia de que se habían criado en el campo, entre vacas y yuyos. ¡Más austeridad que ésa, imposible! A veces nos cuentan, sobre todo a los chicos, algunas aventuras que vivieron en el campo, pero, entre tanto trabajo, casi ni los escuchamos. ¡También, estos viejos eligen el momento para contarnos sus cosas! No entienden que la vida de ahora no da tiempo para contar historias. Pero, claro, no podemos hacerlos callar, si no se hacen los ofendidos, empiezan a lagrimear y… ¡los viejos son los viejos! Y una los quiere, a pesar de todo.
Nuestros amigos, ¡qué tiempos aquéllos!, ¡quién sabe a dónde fueron a parar!. Cuando estábamos recién casados, íbamos a todos lados juntos. Era una risa vernos a todos. La gente nos miraba con cara rara. Claro, todos jovencitos, de la mano, contándonos nuestras lunas de miel. ¡Cómo nos divertíamos, por Dios! Pero, la ciudad, el trabajo, el tiempo, ¡se lo comieron todo! ¡No quedó nada! ¿En qué momento vas a salir con tus amigos? Si te descuidás un segundo, te quedás sin nada. ¡No hay tiempo! ¡No hay tiempo para nada! Te la pasás corriendo y … ¡bueh! Para qué te vas a amargar.
La cosa es que esa tarde, por primera, ¡por única vez!, decidimos acostarnos un ratito, tanto como para descansar un poco, para estirar las piernas, como decía mi abuela, y la vieja se ataba a la cama.
Estábamos muertos. Ni hablar podíamos. ¡Hacía tanto que no gozaba del descanso! Las piernas me dolían de tal forma, que mi mente se concentraba en el dolor y no en el sueño, por lo cual no pude dormir nada. Él, sí. Ni bien se acostó, se durmió como un chancho, ¡hasta roncaba el desgraciado! Me pregunto cómo hace. ¡Cómo hace!
Yo estaba acostada boca arriba, movía los pies de acá para allá, tratando de que me dolieran menos. Por supuesto que fue en vano. Acompañaba cada movimiento de los pies con gestos de dolor en mi rostro, y algunos suspiros. ¡No daba más! Pensaba si realmente necesitaba estar ahí, o si lo mejor sería levantarme y seguir trabajando. Intenté levante, pero fue imposible. El dolor me tiró nuevamente a la cama. Decidí resignarme y quedarme quietita. ¡Caramba, en algún momento tendría que pasarme el dolor, qué lo tiró!
Y así fue. Traté de sosegarme, cerré los ojos, pensé en cualquier cosa. Hasta me puse a reír cuando recordé las historias campestres que nos habían contado los viejos. También pensé en los chicos, ¡la pucha que están crecidos los guachos! Pensé en los asaditos que comíamos con los muchachos cuando todavía éramos solteros y el tiempo no era tan tirano. De a poquito, el dolor fue pasando. Ya no era tan fuerte. Él seguía roncando. ¡Cómo hace!
De repente, en medio de esa paz inexplicable, sentí un ruido que me sobresaltó. ¡Ya me parecía demasiado raro tanta tranquilidad! Pero no fue un ruido cualquiera, no. Era un ruido extraño. ¡Qué se yo cómo explicarlo! Era un ruido… diferente. Lo codeé a mi marido.
-Che, ¿escuchaste? –el desgraciado me contestó con un ronquido y se dio vuelta para seguir durmiendo.
-¡Che!, ¿no escuchaste ese ruido?
-¡Mm!¡No!¡Dejame dormir que estoy muerto!
-¡Ufa! Siempre igual, vos. Creo que vino de la cocina. ¿Vos encerraste el gato?
-Sí. Hice lo de siempre. Dejá de hinchar.
-¡Ay, no cambiás más!
Entonces, más aliviada del dolor de piernas, me levanté. Me coloqué la bata fresca, y fui a ver qué pasaba.
Fui derecho a la cocina. ¡Nada! Seguí y fui al comedor. ¡Nada! Miré en el garaje. ¡Increíble! ¡Tampoco había nada! Ya había mirado toda la casa. Seguía escuchando ruidos, cerca, pero no veía nada. Pensé, “los chicos están en la escuela, ¿qué podrá ser?”. Cuando pensé en los chicos, recordé que no había revisado su habitación. Rápidamente, me dirigí hacia allá. Crucé el pasillo, y vi algo raro: estaba la puerta cerrada.
La puerta de esa pieza jamás se cierra, porque el ropero no lo permite, debido a su ubicación. Eso sí que me sorprendió. ¡Y me aterrorizó!
Entonces, me acerqué y la abrí muy lentamente. Por suerte no hizo ruidos.
Si la puerta cerrada me había sorprendido, lo que vi adentro me dejó atónita.
Él estaba de espaldas.
Era el Amor, que había entrado por la puerta sin llave y nos estaba ordenando la casa.

Sigmundina Freud

No hay comentarios: