
YO
La mina era el ombligo del mundo.
Su rúbrica era un exagerado rulo que subía y bajaba y finalmente terminaba en un gancho que envolvía a todos y los atraía hacia ella misma, que era el centro de todo.
Sus espejos no eran retrovisores, eran introvisores. No veía quién venía, se veía a sí misma.
El camión la levantó por el aire. Pero qué bien le asentaba el rojo en los carnosos labios.
La mina era el ombligo del mundo.
Su rúbrica era un exagerado rulo que subía y bajaba y finalmente terminaba en un gancho que envolvía a todos y los atraía hacia ella misma, que era el centro de todo.
Sus espejos no eran retrovisores, eran introvisores. No veía quién venía, se veía a sí misma.
El camión la levantó por el aire. Pero qué bien le asentaba el rojo en los carnosos labios.
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